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Cómo son las montañas

montañas características

Siempre admiradas por el ser humano, las montañas parecen enormes gigantes formados por rocas. Pero aunque no lo parezca, las montañas se mueven, crecen o disminuyen, pero muy lentamente. En CurioSfera-Ciencia.com, te explicamos cómo son las montañas y sus principales características.

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Cómo se formaron las montañas

La ciencia ha permitido al hombre saber cómo y por qué se formaron las montañas. Para ello, el mar y las montañas se relacionan, pues la mayoría de las montañas se originaron en los fondos marinos.

En el fondo del mar se depositan grandes cantidades de materiales: tierra transpor­tada por el viento, barro y arena llevados por los ríos, y esqueletos y caparazones de animales muertos.

Estos materiales forma­ron, pasados millones de años, acumulacio­nes enormes (rocas sedimentarias) que, por unas circunstancias pro­picias, se alzaron y formaron las montañas.

En épocas remotas, presionado por fuerzas poderosas, el fondo marino se alzó, salió a la superficie, se plegó y se quebró. La lluvia, el sol, el viento y los hielos mol­dearon aquellos relieves, los excavaron y los convirtieron en las montañas que conocemos.

Así se formaron cordilleras como los Alpes y los Andes; en ellas aún se pueden encontrar conchas y huellas deja­das por los esqueletos de animales mari­nos que vivieron en aquellas tierras sumer­gidas hace millones de años.

De qué están formadas las montañas

Los materiales que constituyen las mon­tañas se llaman rocas; éstas, a su vez, es­tán formadas por uno o más minerales. Así, según su composición, las rocas tienen un aspecto diferente, y distinta es tam­bién su consistencia:

composición de las montañas

  • Hay rocas durísimas como el granito.
  • Existen rocas blandas, como la arcilla.
  • Otras están desmenuzadas, como la arena.
  • E incluso existen en estado líquido, como el petróleo.

Pero veamos cuáles son las principales rocas que forman las mon­tañas.

El granito es una de ellas; es duro, compacto, granuloso y con manchas negras y vitreas; con el granito, por su gran con­sistencia y bello aspecto, se construyen co­lumnas y fachadas de grandes edificios. El granito está formado por tres minerales: cuarzo, feldespato y mica.

Otra roca importante es el pórfido, de tanta dureza como el granito y de color rojo comúnmente, aunque también puede ser verde o negruzco; algunas montañas de relieve escabroso están constituidas princi­palmente por dicha roca.

Muy diferentes de las anteriores son las rocas calcáreas. A pesar de poseer un as­pecto compacto, están formadas por varios estratos superpuestos. Las calcáreas son las típicas rocas originadas en las profundida­des marinas.

Un tipo de rocas calcáreas muy interesan­te son los mármoles, que en todas las épo­cas han sido utilizados para la construc­ción de bellos edificios. Asimismo, tam­bién se ha utilizado con mucha predilec­ción para el modelado de esculturas. Hacer una relación completa de las rocas sería muy extenso.

Limitémonos a recor­dar la pizarra, que por su peculiaridad de dividirse en láminas de superficie lisa se emplea en pavimentación, cobertura de te­jados y encerados de las escuelas.

El yeso, muy usado en albañilería en forma de yeso “cocido”, es un material muy apreciado en su variedad llamada alabastro; las serpentinas, rocas de característico color verde; las micacitas, de contornos brillan­tes, y las lavas.

Los valles de las montañas

Los valles son largos y profundos surcos excavados en­tre las montañas. La parte más alta, donde el valle comienza, se llama cabecera; los dos flancos reciben el nombre de vertien­tes, y en su base está la hondonada, don­de comúnmente corre un río o un torren­te y donde están los caminos y las aldeas.

Los valles se originaron por grandiosos fe­nómenos acaecidos en épocas remotas: los corrimientos y levantamientos de la corte­za terrestre. En otros casos nacieron, como hemos visto, por la erosión provocada por ríos y glaciares.

Los valles son interesantes también desde el punto de vista humano. La gente de la montaña considera al valle en que vive como un pequeño mundo autónomo.

Los montes que los rodean son difíciles de atra­vesar; los caminos son estrechos y tortuo­sos; la nieve hace los desplazamientos aún más lentos y dificultosos. Cada valle, pues, aprende a vivir por sí mismo y esto da origen a tradiciones y dialectos.

Las grutas montañosas

El agua de lluvia, no sólo corre por el terre­no y se evapora, sino que penetra en el subsuelo. En este último caso, además de otros tipos de rocas, sucede un fenómeno muy curioso con las calcáreas: el agua transforma las calcáreas, que como sabemos son rocas sólidas, en un compuesto que se diluye en la propia agua.

Así las calcáreas son poco a poco arrancadas por el agua y su puesto queda vacío: se for­ma una fisura; esta fisura se amplía hasta convertirse en un gran agujero; luego, con el tiempo, se crea toda una serie de cavidades subterráneas, que se extienden y ramifican por su subsuelo a veces por es­pacio de kilómetros y kilómetros.

Estas ca­vidades naturales, que se forman por ac­ciones erosivas del agua, se llaman grutas. De origen distinto son las cavernas, cavi­dades naturales más amplias y menos pro­fundas, abiertas sobre las paredes rocosas por la acción del hielo o la erosión del mar.

El hombre y las montañas

Durante miles y miles de años, el hombre ha demostrado un miedo invencible a las montañas. Las creía habitadas por espíritus malignos y divinidades caprichosas; los densos bos­ques que las cubrían, según la fantasía de nuestros antepasados, estaban poblados por brujas, duendes y otros seres misteriosos.

También el mar infundía temor, pero no tanto como las montañas. El mar era el gran enigma: en la otra orilla podían estar el bien o el mal, la felicidad o la muerte. Las montañas, en cambio, no permitían es­peranzas: en sus oscuros bosques, en sus valles solitarios y en sus altas cimas no po­día haber más que peligros.

Hacia finales del siglo XVIII, el hombre su­peró este miedo, y en menos de doscien­tos años, en una fiebre de conquista que aún no ha terminado, ha alcanzado una tras otra las cumbres de casi todas las mon­tañas más altas del mundo, desde la Tierra del Fuego al Himalaya, desde Alaska a África.

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